SOMOS DOS

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Somos dos. En el fondo del pecho somos dos.

Cuando enderezamos nuestros pasos

hacia el cobijo hospitalario,

deslizándonos, apenas,

en un leve y espeso murmullo,

sigilosos,

como duendes,

acechando los cuerpo,

por detrás de los parpados apretados

y del aire elemental,

cálido de lamparas y suspiros;

mientras los húmedos besos se multiplican

en el espejo primordial del cielo.

Rescatados en el humo y en la piel,

tibios y blandos, cediendo siempre, entregándonos.

Como ágil hiedra, el amor se trepa,

a mi ávido corazón desamparado,

a mis pobres pies, a mis manos

vacilantes,

de tanto andar por las penumbras,

con restos de luz, que a otro distrae.

Pero es la penumbra de ser dos.

Porque en el fondo del corazón del mundo

también fuimos dos.

En el insomnio del cielo,

amplio y valiente,

donde las estrellas podían sorprendernos,

sin enrojecer, sin estallar,

sin desaparecer,

diluidas en pudor,

falso e hiriente,

fuimos dos.

En el fondo del pecho, somos dos.

En la esencial

tristeza de la tarde

somos dos.

Y, aunque , sombra de sombras,

la vida nos separe,

con su erial de sombras desequilibradas:

Igual somos dos.

Prolongando en las miradas

este amor,

avasallado de fronteras,

cercenado,

condenado a enmudecer en la garganta,

somos dos.

Cuando nos invadimos mutuamente,

-el corazón desnudo enarbolado-

y rescatados

a la fina vestidura de los párpados,

sencillamente,

nos decimos: TE AMO.

¡Hay un animal dentro de mi!

¿Que esperas tu de ese animal,

y que espero yo,

del amor en una jaula?

¡IMPOSIBLE!

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