MIS NIMIAS PERTENENCIAS

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  • Albergué, indecisa y vacilante, algunas pertenencias.
    Al borde de mi crisis delirante, las fui acumulando,
    Como quien atesora amuletos con fulgores de suerte.
    He ido partiendo en dos cada recóndito sitio
  • donde los duendes liberan los instantes fecundos,
  • los momentos exactos en que el reloj
  • de arena sucumbe y ya es la hora.
    Solo mis fantasmas podían compartir los despojos
    de mis bienes, ajetreados de ex profeso, arrastrados,
    envueltos en un fardo, convertidos en un hato de objetos inservibles,
    pero míos, tan míos que podía llevarlos a pasear donde quisiera
    inscribían la señal con mi nombre grabado en el borde de la tela.

Pero a veces, solo a veces, somos vagos sujetos de despojos,
a veces, solo a veces, el acaso nos colma de carencias

MI FE

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Un jardín custodiado por ortigas
donde ruedan las ramas contra el viento
y, huele, apenas, a arena y a mar, el roce dela hierba.
Es el paso de la fuga que se enreda con las algas,
dispersas en ráfagas de sal…
Nuestro frágil reino se retrae en penumbras,
en endebles penumbras fantasmales.
Las lluvias del diluvio lavaron nuestras rosas,
escurrieron el agua en las piedras de la fosa
conteniendo la imagen de la historia !!

Que mas da? Si bajo los pies de la memoria
hay un repertorio de legionarios de las sombras.
¡¡Amor!! La hoguera del mundo delibera
y sopesa, sabiamente,
el debe y el haber de nuestra gloria.

El último planeta imaginado
redime con su luz nuestras perniciosas plagas.
Bestias enardecidas de furia desatada,
habitando la región de la ignorancia…

¿¿Que puedo esgrimir en mi favor??
¿¿Que puede aducir mi voz que aclama ??
¡¡No!! No hay nada!!!
¿Nada? ¡¡Nada mas que Jesús
preservando mis pisadas !!!
¡¡Nada mas que El, esfinge de mi Fe

Que mi fe proclama.

PARA ESGRIMIR LAS ARMAS

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Para esgrimir las armas mas precoces
donde el delirio parte de la nefasta tumba de los próceres
y se niega a la rima discontinua
de versos que estallaron como brizas marinas..
Sin embargo… sin embargo, hay una fuente de los deseos
que nos coloca en el sitio preciso del disloque.
No es necesario que sepamos
porque estamos aquí … nos deleitamos
y sabemos gozar de las caricias
amables del destino . En esta dimensión que consumimos,
desesperados naufragios en plena primavera,
solemos perdonarnos, una tarde,
que apenas redime
algunos palidos calcos de la ausencia.

VENIR DE LA GRANJA

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“Era la tarde y la hora
en que el sol la creta dora…”

Era la tarde. El poniente reflejaba su luz dorada esparciéndose en rayos como vertientes, que iluminaban el monte, destacando el verde salpicado de marrón contrastando con el blanco manchado de las vacas, corderos y algunas ovejas.
Sí, la tarde se estaba poniendo en el extenso horizonte de esa parte del monte correntino y mostraba los colores de la tierra, en el instante en que se entremezclaba con los del cielo en una formidable explosión ardiente.
Rocío Pereyra arremangó su camisa, vieja y deslucida, y comenzó a cerrar las trancas de los establos donde Horacio había guardado a los animales.
Primero el portón alto y ancho de las vacas , apenitas al lado, el de los terneros ;después el otro, mas delgado y fragil, que encerraba a las ovejas; ( a las ovejas solo había que marcarles un límite visual, que podía ser de madera o de alambre o hasta de hilo, porque ellas veían el cerco y se quedaban tranquilas, pasteando ). Por último cercar a los cerdos, que venían a su llamado, sumisos y amables, y cerrar el gallinero con la traba, no vaya a ser que se levantara un viento fuerte y la soltara,, porque las aves, enloquecidas por el incidente, se desparramarían por toda la granja y ¡andá a agarrarlas!
Rocío Pereyra era una linda mujer, o porlo menos lo había sido antes que los cuatro embarazos le aspiraran el calcio del cuerpo y se quedara sin dientes. Entonces su rostro blanco, de pómulos redondeados y labios carnosos se afinó y se retrajo, undiendo apenas el contorno de la boca, disminuyendo su descarada sensualidad.
Igual conservaba su apariencia atractiva en su metro setenta de altura, en su delgada cintura y sus caderas proporcionadas. Y, por sobre todo, en el desparpajo de sus ojos grices, aleteando siempre detrás de la mirada desafiante, casi altiva.

Cuando entró a la casa, Horacio, ya estaba tomando mate y comiendose los bicochitos de anís que había horneado ella, temprano.

-Y… ¿que decidiste?- dijo, con tono despreocupado.
No sé- contestó Rocío, quedamente, sabiendo que esa respuesta lo molestaría-no quiero dejarte solo, yo….
Se calló lo del mal presentimiento, lo de la bruma roja esparciéndose a medida que el tren se alejaba y lo envolvía a él hasta asficciarlo, Ella lo veía, retorciéndose, con el brazo levantado, aún, en ademán de despedida . Quería gritar, pero se quedaba callada, un ferreo nudo le deshabitaba de sonidos la garganta

– No seas tonta-exclamó Horacio, volviéndola a la realidad-te dije que estaba todo bien, yo me arreglo.. Vos necesitas relajarte un poco, salir de esta inercia, aunque sea solo por cinco días. Te va a hacer bien y a los chicos también-siguió argumentando, el, con denodadas ínfulas.
Se dejó convencer porque tenía tantas ganas de ir a Bs As, de ver a su mamá, a sus hermanas, a sus amigas, tías, sobrinas… en fin, tenía ganas de zafar, por unos días, del campo y la lejanía y la soledad y los animales.
Le dijo que sí, que mañana a la tarde, en el tren de las cuatro se iría y que igual cargara el celu, porque ella lo llamaría del teléfono de Marita, su hermana, ni bien llegar… o de un locutorio, pero lo llamaría.
Al otro día, A las tres y cuarenta y cinco de la tarde Rocío esperaba el arribo del tren, sentada en un banco de la estación del ferrocarril, junto a sus tres hijos (que no eran hijos de Horacio), Isabel, de 13 años, una señorita ya, Guille, de nueve y Estelita de seis. El, la estaba acompañando, para llevar los bolsos y decirle adiós con la mano, apenas el tren arrancara.
Y apenas el tren arrancó y vió su mano flameando por ensima de su cabeza y de sus rasgos tan concidos y tan queridos, a Rocío se le hizo el nudo en la garganta y se le cortó la respiración. Igual le devolvió el saludo. Después entró al vagón, buscó su asiento por el número y se volcó en el, atribulada y nerviosa.
De todas formas, durante el viaje, no halló ni un solo instante vacío como para darle rienda suelta a sus cavilaciones, así que arribó a Bs. As. con la mente dispersa y la atención puesta en los chicos (que eran de terror por lo inquietos) y por otra parte, la alegría de ver a Mery, su mamá y a Marita, su hermana, la del medio, que la estaban esperando en la terminal de Retiro,
la sacó de su ostracismo y le devolvió, un poco, el ritmo estrafalario y movedizo que la caracterizaba.

Charlaron a morir esa noche. Después de comunicarse con Horacio y saber que estaba bien, que había puesto las trancas y había comido la tarta y los bizcochitos que ella le dejó preparados, sobre la mesada, cubiertos con paños de hilo grueso para que no se posen las moscas; se distendió y se dedicó a recuperar el tiempo perdido, en noticias y chismes y comentarios de tres años a esta parte. ¡Tres años hacía que se había ido a radicar a Corrientes !
¡Como pasa el tiempo! Y sí, Rocío tomo conciencia de sus treinta y nueve años y se quiso morir… ja, ja, ja…. reían con Marita y Olga, su sobrina, la hija mayor de su otra hermana, que había venido a lo de Mery a verla a ella ¡Mi amor! ¡Cuánto tiempo !! Vos, ya con un hijo !
Festejaron el encuentro. Alguién propuso salir , ir de gira… “Dale. tia, no seas ortiba, vamos … ” Su antiguo yo se interpuso y apenas salieron a la calle rostros conocidos se le vinieron ensima como mascaritas furtivas de algun carnaval perseguido por la alegría.
Perseguido, sí, porque la alegría la perseguía a cada instante, como si no lograse atraparla del todo. Una sombra confusa se le instalaba en el medio del pecho, y de pronto todo era zozobra e inestabilidad .
Por eso, cuando recibió el llamado, el mundo se le vino abajo, tal y como lo había estado esperando. Igual que se quiebra una copa de cristal, se cortaron los nudos y se soltaron, de golpe, todas las puntadas que sostenian los pliegues de su destino al amparo de los tranquilos rayos de sol de la granja.
Horacio estaba muerto.
No fue una estampida de las vacas, no fue una tormenta que espantó a las gallinas, ni los mansos cerdos pisoteando su cara, ni la indolente lluvia golpeando las paredes de su reino perdido y anegando de tercas cenizas sus rosas florecidas. Fue un disparo certero que desgarró la luz del universo en un rayo ardiente, sonoro como un trueno, y volcó sobre la tierra las huellas del castigo.
Fueron las vagas polleras de la vecina, la artera deslealtad, hiriente y ofensiva, y el infierno avanzando entre la lucidez y las tinieblas hacia la expiación sagrada de todas las miserias y todas las mentiras.

FIN

“Era la tarde y la hora
en que el sol la creta dora…”

Era la tarde. El poniente reflejaba su luz dorada esparciéndose en rayos como vertientes, que iluminaban el monte, destacando el verde salpicado de marrón contrastando con el blanco manchado de las vacas, corderos y algunas ovejas.
Sí, la tarde se estaba poniendo en el extenso horizonte de esa parte del monte correntino y mostraba los colores de la tierra, en el instante en que se entremezclaba con los del cielo en una formidable explosión ardiente.
Rocío Pereyra arremangó su camisa, vieja y deslucida, y comenzó a cerrar las trancas de los establos donde Horacio había guardado a los animales.
Primero el portón alto y ancho de las vacas , apenitas al lado, el de los terneros ;después el otro, mas delgado y fragil, que encerraba a las ovejas; ( a las ovejas solo había que marcarles un límite visual, que podía ser de madera o de alambre o hasta de hilo, porque ellas veían el cerco y se quedaban tranquilas, pasteando ). Por último cercar a los cerdos, que venían a su llamado, sumisos y amables, y cerrar el gallinero con la traba, no vaya a ser que se levantara un viento fuerte y la soltara,, porque las aves, enloquecidas por el incidente, se desparramarían por toda la granja y ¡andá a agarrarlas!
Rocío Pereyra era una linda mujer, o porlo menos lo había sido antes que los cuatro embarazos le aspiraran el calcio del cuerpo y se quedara sin dientes. Entonces su rostro blanco, de pómulos redondeados y labios carnosos se afinó y se retrajo, undiendo apenas el contorno de la boca, disminuyendo su descarada sensualidad.
Igual conservaba su apariencia atractiva en su metro setenta de altura, en su delgada cintura y sus caderas proporcionadas. Y, por sobre todo, en el desparpajo de sus ojos grices, aleteando siempre detrás de la mirada desafiante, casi altiva.

Cuando entró a la casa, Horacio, ya estaba tomando mate y comiendose los bicochitos de anís que había horneado ella, temprano.

-Y… ¿que decidiste?- dijo, con tono despreocupado.
No sé- contestó Rocío, quedamente, sabiendo que esa respuesta lo molestaría-no quiero dejarte solo, yo….
Se calló lo del mal presentimiento, lo de la bruma roja esparciéndose a medida que el tren se alejaba y lo envolvía a él hasta asficciarlo, Ella lo veía, retorciéndose, con el brazo levantado, aún, en ademán de despedida . Quería gritar, pero se quedaba callada, un ferreo nudo le deshabitaba de sonidos la garganta

– No seas tonta-exclamó Horacio, volviéndola a la realidad-te dije que estaba todo bien, yo me arreglo.. Vos necesitas relajarte un poco, salir de esta inercia, aunque sea solo por cinco días. Te va a hacer bien y a los chicos también-siguió argumentando, el, con denodadas ínfulas.
Se dejó convencer porque tenía tantas ganas de ir a Bs As, de ver a su mamá, a sus hermanas, a sus amigas, tías, sobrinas… en fin, tenía ganas de zafar, por unos días, del campo y la lejanía y la soledad y los animales.
Le dijo que sí, que mañana a la tarde, en el tren de las cuatro se iría y que igual cargara el celu, porque ella lo llamaría del teléfono de Marita, su hermana, ni bien llegar… o de un locutorio, pero lo llamaría.
Al otro día, A las tres y cuarenta y cinco de la tarde Rocío esperaba el arribo del tren, sentada en un banco de la estación del ferrocarril, junto a sus tres hijos (que no eran hijos de Horacio), Isabel, de 13 años, una señorita ya, Guille, de nueve y Estelita de seis. El, la estaba acompañando, para llevar los bolsos y decirle adiós con la mano, apenas el tren arrancara.
Y apenas el tren arrancó y vió su mano flameando por ensima de su cabeza y de sus rasgos tan concidos y tan queridos, a Rocío se le hizo el nudo en la garganta y se le cortó la respiración. Igual le devolvió el saludo. Después entró al vagón, buscó su asiento por el número y se volcó en el, atribulada y nerviosa.
De todas formas, durante el viaje, no halló ni un solo instante vacío como para darle rienda suelta a sus cavilaciones, así que arribó a Bs. As. con la mente dispersa y la atención puesta en los chicos (que eran de terror por lo inquietos) y por otra parte, la alegría de ver a Mery, su mamá y a Marita, su hermana, la del medio, que la estaban esperando en la terminal de Retiro,
la sacó de su ostracismo y le devolvió, un poco, el ritmo estrafalario y movedizo que la caracterizaba.

Charlaron a morir esa noche. Después de comunicarse con Horacio y saber que estaba bien, que había puesto las trancas y había comido la tarta y los bizcochitos que ella le dejó preparados, sobre la mesada, cubiertos con paños de hilo grueso para que no se posen las moscas; se distendió y se dedicó a recuperar el tiempo perdido, en noticias y chismes y comentarios de tres años a esta parte. ¡Tres años hacía que se había ido a radicar a Corrientes !
¡Como pasa el tiempo! Y sí, Rocío tomo conciencia de sus treinta y nueve años y se quiso morir… ja, ja, ja…. reían con Marita y Olga, su sobrina, la hija mayor de su otra hermana, que había venido a lo de Mery a verla a ella ¡Mi amor! ¡Cuánto tiempo !! Vos, ya con un hijo !
Festejaron el encuentro. Alguién propuso salir , ir de gira… “Dale. tia, no seas ortiba, vamos … ” Su antiguo yo se interpuso y apenas salieron a la calle rostros conocidos se le vinieron ensima como mascaritas furtivas de algun carnaval perseguido por la alegría.
Perseguido, sí, porque la alegría la perseguía a cada instante, como si no lograse atraparla del todo. Una sombra confusa se le instalaba en el medio del pecho, y de pronto todo era zozobra e inestabilidad .
Por eso, cuando recibió el llamado, el mundo se le vino abajo, tal y como lo había estado esperando. Igual que se quiebra una copa de cristal, se cortaron los nudos y se soltaron, de golpe, todas las puntadas que sostenian los pliegues de su destino al amparo de los tranquilos rayos de sol de la granja.
Horacio estaba muerto.
No fue una estampida de las vacas, no fue una tormenta que espantó a las gallinas, ni los mansos cerdos pisoteando su cara, ni la indolente lluvia golpeando las paredes de su reino perdido y anegando de tercas cenizas sus rosas florecidas. Fue un disparo certero que desgarró la luz del universo en un rayo ardiente, sonoro como un trueno, y volcó sobre la tierra las huellas del castigo.
Fueron las vagas polleras de la vecina, la artera deslealtad, hiriente y ofensiva, y el infierno avanzando entre la lucidez y las tinieblas hacia la expiación sagrada de todas las miserias y todas las mentiras.

FIN

CRISTINA

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Ha venido, queriendo ser luz
en las tinieblas que albergaban
la mentira de todos nuestros sueños.
Ha venido a clarear las alboradas,
a redimir el gesto y la palabra,
con el aliento inmerso
en el duro huracan que nos doblega,
nos somete al vendaval del alma
y nos convierte en rehenes
que el gladiador recala.

Ella es la claridad, es el mañana,
es el hoy que forjó con su mirada.
Ella es el sentimiento y es la estirpe
de una tierra gloriosa y milenaria,
de la memoria de próceres augustos;
de una libertad hecha con llagas,
con la sangre paciente de los justos
valientemente derramada.

No podemos negar esa simiente
que destella al promediar el alba
que nos embarga el corazón de patria.
La consigna es la doctrina
y es como un acto de magia
que templa el corazón y lo realza;
el corazón, que atiende al objetivo
y lo orienta hacia el fundamento de su causa.

“Tales son las banderas, las cumbres
de nuestro pueblo, en marcha
hacia las metas del destino nacional”

Cristina vino a luchar
contra los embates de la adversidad
Es el Angel vital que ilumina la senda
de la inclusión y la igualdad.
Justicia, soberanía y libertad
son las virtudes que rigen su bandera.
y la ejerce, con pasión y fortaleza,
de norte a sur y de este a oeste,
por toda la superficie
amada de nuestra escencia.

Guardiana insobornable,
busca la mirada del sol bajo las piedras,
confiando a los angeles
las puertas entreabiertas
del sueño de la tierra.
y del sagrario de la descendencia.

SUICIDIO

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Para disimular los ladrones de la noche
y forzar las cerraduras,
plegando las incesantes sombras
que retienen la voz que clama
debajo de los pies.
Para contener el hocico de la bestia,
en la intemperie del infierno,
bajo el ala inasible
de la primer primavera
que exibistes,
en los oscuros laberintos de tu suerte,
sin colores y sin ley.

Para ocultar el frio miedo
que aguarda,
en el umbral de los naufragios,
el desamparo de las decepciones.
Para enfrentar la máscara
indecifrable del destino,
acorralándote
contra tus precipicios.

Te inmolaste en el fondo de la noche cerrada,
que desplegó su cola de faisán,
como un abanico de colores
y lágrimas saladas.
Armaste una hoguera con todas tus edades,
sin conceder tregua a las estrellas
ni al desconcierto de la luna,
que queria estrechar tus alas
con su luz de plata.

Con ademán ligero resolviste,
sobre el paño blanco de tu desventura,
el dolor que golpea
mas allá de las lágrimas,
y marchita los rostros
con risas sepultadas

¿Que vacío infinito habitó tu alma?
en el instante mismo en que el cielo
y la tierra se abismaban,
y los testigos del sol
huían con premura cubiertos de llagas.
Se amontonaron los gestos, estrellando
los llantos y las lamentaciones,
en el páramo donde rechaste
el canto de los pájaros
y el aroma de las flores.

Ahora yaces en tu región de pena,
bajo el paciente polvo que te integra
al borde de una luna menguante
reflejada en la arena.
conformando monticulos estables
de barro y de brea.

Piadosamente perdonado.
Amorosamente guardado y custodiado
por el mandato del mismo Dios
que negaste, olvidando,
en tu absurda caida,
que eras chispa divina.

Yaces, queriendo ser luz
y siendo sombra,
enroscando la razón de la vida
en vanas telarañas de inconciencia.
y ceremonias de agonias.