EL COMPRADOR

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Le iba a vender el auto. Por eso lo estaba esperando. Sentado en la galería de su casa. En uno de los sillones del juego de jardin, forjado en hierro macizo, que el mismo había fabricado y pintaba de blanco, con infinita paciencia, año por medio.
Resolviendo su cansancio, en esa tarde gris de mediados del otoño, sobre los almohadones tapizados en tela plástica, estampada en bonitos colores que dibujaban rosas y ramas. Lo estaba esperando, como quien espera un presagio de vida diferente y nubes enrroscando la superficie de los labios, apretujados de insertidumbre.
José era herrero. Caminó esas veredas desde siempre. Desde antes que el pueblo creciera y se convirtiera en cabeza de la localidad. Vivía en los suburbios de la ciudad de Empedrados, al noroeste de la provincia de Corrientes. A pocos metros de la ruta 12, principal via de acceso y de comunicación con Corrientes y Buenos Aires. y a una diez cuadras del nuevo balneario municipal.
José había tomado la desición de vender su auto. El renault 12 color azul metalizado que seis años atrás había comprado, 0 km. Desde entonces, el vehículo se fundía con sus piernas y con su aliento y le sobrellevaba las distancias, sin un quejido, sin una falla.

Sosteniendo, en sus manos ásperas y callosas, las apreciadas llaves del AUTOMOVIL… lo estaba esperando.
El robusto y espeso tronco del lapacho y la frondosa magnitud del sauce llorón, dibujaban taciturnos morenos sobre el perfil de su rostro y una inquieta ráfaga de brisa aleteó sobre su aliento frío.

Cuando el comprador llegó, José desplegó, sin reticencias, las virtudes de aquel bosquejo de lata y fierro, de comprensión y mecánica, que iba mas allá de todo entendimiento. No existía himno más acompasada que las notas que emitía el sonido de aquel motor, en primera, tercera o marcha matrás.
Todo estaba en ese orden diminuto donde las circunstancias se mezclan con los vahos intempestivos del azar y sus revoltosas consecuencias.
Es infinitamente imposible predecir el destino. La impiadosa margen de la duda o la opaca semiluz de la sospecha, no siempre entreteje los vinculos y, a veces, solo, a veces, los aleja de su propia realidad.
Y no cabía mas simbolo que el dinero, admitiendo la única alternativa que los conectaba y los fundía, emanando de la decisión de José y del sabor amargo y áspero en sus labios tensos. Con mano temblorosa estampó los arabescos de su firma en los grices formularios consabidos. Guardó el dinero, celosamente,
, en el armario del comedor. En tanto, el comprador, moldeaba el parpadeo de sus ojos a una invisible revelación.
Lo convenció de puro palabrerío y de puro agotamiento del espíritu, ya, que el hecho, en sí mismo, no influía en José. No se trató de un paseo ni de una alternativa…. más bien fue ansiedad, urgente ansiedad de llegar al fin de la transacción, al final del juego. La brecha por donde vida y muerte intercambian sus rehenes y se toman de la mano , buscando respuestas que no existen, sino como un atajo a la necesidad.
Conversaron un rato, mientras el manejaba. El comprador conducía hacia ese recinto donde se fragua el crimen, con las puertas abiertas A LA travesía casi a ras del planeta. Después de haber pactado, con huellas tan tangibles, la casual jugada del destino, cerró, de súbito, las ventanas del azar.

El golpe sonó en su craneo, como trueno que ruje sobre la tierra plana y desprovista de una llanura sin ocasos. La sangre fluyó pronta de su cabeza malherida. La sangre color rojo, rojo que lastima.
Abandonado, su cuerpo herido, a un costado del camino, José desfallecido. José muerto y mentido. José atacado y malquerido.
El comprador puso primera y aceleró.
Sosteniendo el pulso del volante aferrado a su muñeca … el comprador puso primera y aceleró.
La bocina intempestuosa y delirante, se clavó en sus tímpanos hasta hacerlos sangrar de dolor.
Y , vigía de las malas intenciones, el Renault 12, dió vueltas y vueltas en rededor, igual que calesita del destino, hasta dar de lleno y con violencia contra el tronco de un añoso Eucaliptus, y destrozarse.

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