quiero escribir

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Estoy tratando de escribir…
De volcar en palabras y frases mi sentimiento… encima llueve. Como música rescatada de una porción de cielo, húmedo de esperanzas y sosiegos, las gotas de lluvia golpean en el techo, y su ritmo de corcheas y claves de sol, magnifican mi universo de poeta.
Mi memoria se habita de los frágiles trazos del pasado ,de infinitos bosquejos, de recuerdos, lugares, situaciones, reflejos…. de vívidos momentos. De rostros, de rasgos y de gestos… de reflexiones y de sentimientos.
Sin embargo, deambulo con paso poco firme por esos híbridos caminos, por donde ella (la memoria) restablece el confín de mi senda y me reintegra, sólidamente, al mundo de mi realidad y mis agravios. A la región por donde debo transitar, inevitablemente, de acuerdo a lo que soy, a lo que he sido y a los avatares creíbles o increíbles de mi único destino.
Estoy tratando de escribir…
Estoy tratando de elaborar, con los pobres artilugios de mi mente desvalida, venida a menos, convertida en parámetro alegre de su propia caricatura, un cuento, una historia, una poesía… 

De pronto, una luz multicolor ilumina la habitación donde me hallo recluida en busca de mi yo, es una luz penetrante y fluida. Su luminosidad contiene miles de colores y de brillos, mas de los, humanamente, imaginables.En ese instante, miro a mi alrededor y veo a mi yo, ese que estaba buscando con denodadas fuerzas y esfuerzos, brillando al compás de aquel arco iris, elevado en noble desafío.
Entonces sé, descubro mi identidad, acaso perdida, acaso no visualizada, acaso desconocida y me regocijo de esta fiel revelación del alma… este es mi cuento… esta es mi historia.-

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EL COMPRADOR

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Le iba a vender el auto. Por eso lo estaba esperando. Sentado en la galería de su casa. En uno de los sillones del juego de jardin, forjado en hierro macizo, que el mismo había fabricado y pintaba de blanco, con infinita paciencia, año por medio.
Resolviendo su cansancio, en esa tarde gris de mediados del otoño, sobre los almohadones tapizados en tela plástica, estampada en bonitos colores que dibujaban rosas y ramas. Lo estaba esperando, como quien espera un presagio de vida diferente y nubes enrroscando la superficie de los labios, apretujados de insertidumbre.
José era herrero. Caminó esas veredas desde siempre. Desde antes que el pueblo creciera y se convirtiera en cabeza de la localidad. Vivía en los suburbios de la ciudad de Empedrados, al noroeste de la provincia de Corrientes. A pocos metros de la ruta 12, principal via de acceso y de comunicación con Corrientes y Buenos Aires. y a una diez cuadras del nuevo balneario municipal.
José había tomado la desición de vender su auto. El renault 12 color azul metalizado que seis años atrás había comprado, 0 km. Desde entonces, el vehículo se fundía con sus piernas y con su aliento y le sobrellevaba las distancias, sin un quejido, sin una falla.

Sosteniendo, en sus manos ásperas y callosas, las apreciadas llaves del AUTOMOVIL… lo estaba esperando.
El robusto y espeso tronco del lapacho y la frondosa magnitud del sauce llorón, dibujaban taciturnos morenos sobre el perfil de su rostro y una inquieta ráfaga de brisa aleteó sobre su aliento frío.

Cuando el comprador llegó, José desplegó, sin reticencias, las virtudes de aquel bosquejo de lata y fierro, de comprensión y mecánica, que iba mas allá de todo entendimiento. No existía himno más acompasada que las notas que emitía el sonido de aquel motor, en primera, tercera o marcha matrás.
Todo estaba en ese orden diminuto donde las circunstancias se mezclan con los vahos intempestivos del azar y sus revoltosas consecuencias.
Es infinitamente imposible predecir el destino. La impiadosa margen de la duda o la opaca semiluz de la sospecha, no siempre entreteje los vinculos y, a veces, solo, a veces, los aleja de su propia realidad.
Y no cabía mas simbolo que el dinero, admitiendo la única alternativa que los conectaba y los fundía, emanando de la decisión de José y del sabor amargo y áspero en sus labios tensos. Con mano temblorosa estampó los arabescos de su firma en los grices formularios consabidos. Guardó el dinero, celosamente,
, en el armario del comedor. En tanto, el comprador, moldeaba el parpadeo de sus ojos a una invisible revelación.
Lo convenció de puro palabrerío y de puro agotamiento del espíritu, ya, que el hecho, en sí mismo, no influía en José. No se trató de un paseo ni de una alternativa…. más bien fue ansiedad, urgente ansiedad de llegar al fin de la transacción, al final del juego. La brecha por donde vida y muerte intercambian sus rehenes y se toman de la mano , buscando respuestas que no existen, sino como un atajo a la necesidad.
Conversaron un rato, mientras el manejaba. El comprador conducía hacia ese recinto donde se fragua el crimen, con las puertas abiertas A LA travesía casi a ras del planeta. Después de haber pactado, con huellas tan tangibles, la casual jugada del destino, cerró, de súbito, las ventanas del azar.

El golpe sonó en su craneo, como trueno que ruje sobre la tierra plana y desprovista de una llanura sin ocasos. La sangre fluyó pronta de su cabeza malherida. La sangre color rojo, rojo que lastima.
Abandonado, su cuerpo herido, a un costado del camino, José desfallecido. José muerto y mentido. José atacado y malquerido.
El comprador puso primera y aceleró.
Sosteniendo el pulso del volante aferrado a su muñeca … el comprador puso primera y aceleró.
La bocina intempestuosa y delirante, se clavó en sus tímpanos hasta hacerlos sangrar de dolor.
Y , vigía de las malas intenciones, el Renault 12, dió vueltas y vueltas en rededor, igual que calesita del destino, hasta dar de lleno y con violencia contra el tronco de un añoso Eucaliptus, y destrozarse.

EL CRIMEN DEL ANGEL


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«Tengo miedo de mí mismo, tengo miedo del miedo, pero, ante todo, tengo miedo de la espantosa confusión
de mi espíritu, de mi razón, sobre la cual pierdo el dominio y a la cual turbia un miedo opaco y misterioso»
GUY DE MAUPASSANT

“Nunca sabes si lo que vives es real, quizá te quedaste sumida en el sueño eterno y nunca despertaste.”

El día 2 de junio como todos los lunes, a las 9:45 de la mañana, el Ángel sopló la trompeta y sus notas
dijeron, hasta dentro de un rato. La clave de sol que esgrimía su música era intempestuosa y decidida. Hasta el punto en que las corcheas se fusionaban con las semicorcheas y las blancas y las negras tornaban matices de coherencia y compases de rock and roll, algunos ave marías entrecortados y , tal vez algunos arpegios …sin desdoblar el inmaculado candor de su afición .
Era “Mumi” y era fan del “animé”.
“tiene rutina de Colegio y de Inglés… nos alarmamos a la noche porque no regresaba … y desde ahí, no se
mas nada”… el rostro de su madre era un inmenso mar de lágrimas desatadas al infortunio y a la
desesperanza
Al mediodía del 3 de junio, apareció en un predio que manipula la basura, donde, todo.. ¡o casi todo!
se funde y se confunde, “una planta de reciclaje” .
¿Fue por hábito lucido de la casualidad o por algún mandato divino?
Ella pensó: ” de modo que mi sombra no me precede ni me sigue, sino que testimonia con la luz que
alumbra mis entrañables fauces avarientas, mis manos de cristal que ya persigue la tierra, mis manos que
llevan en sus uñas la señal”
Por mas que pongas en escena la mentira, aún a riesgo de perder, por ella, tu cabeza. Como protagonista de tu fabula oscura, te hundirás en el laberinto de la niebla y se derrumbará el tinglado de exageraciones y
falsedades que armaste para que te crean.
Hay una luz dorada que hiere hasta las lágrimas y una pluma azul que te señala… Y yo debo vivir hasta que caigas !!

Y, entonces, sí, por mandato divino, se escribió la historia:
“Intenté zafarme del miedo, del peso de su cuerpo, de sus sucias y asquerosas manos. El hilo de mis
pensamientos, el ritmo de mis latidos y el compas de mi respiración se interrumpieron bruscamente. Trepó
sobre mi y me aferro la garganta .Con un empujón desmedido me tiró al suelo golpeándome la cabeza con
fuerza.
Mareada, con la vista nublada , casi asfixiada por la presión de su complexión y el dolor inundando mi
cerebro, pretendí defenderme con uñas y dientes tratando de herir, de lastimar, de liberarme. Entonces lo vi
ponerse de pié a mi lado, mientras yo luchaba por mantener la conciencia
En ese momento reuní todo el aliento que quedaba en mi cuerpo, toda la fuerza, todo el miedo, todo el dolor y lo lance hacia afuera en un grito aterrador que se detuvo, de repente, atragantado en mi garganta,
sofocándome.
Con un movimiento brusco se arrodilló ante mi y me atrajo con fuerza hacia el.Con sus labios sobre mi oreja, mi cuerpo contra el suyo y sus brazos y piernas envolviendome, volvió a presionar mi garganta tapándome la boca y la nariz.
Comprendí, albergando una absurda e imprevista serenidad, que estaba muriendo, que me estaba
matando.
Lo ultimo que puede sentir fue la cuerda apretando mi garganta y la ligereza de una tela plastica
enfundando mi cabeza. Perdí el conocimiento y afirmaría que nunca lo volví a recuperar. Salvo por ese
sueño, como alas fugaces, rondando el cielo azul de la pesadilla, donde me veía, desde una altura inasible,
maniatada y desfallecida, dentro de una gran caja metálica, aplastada por bolsas de basura, escombros y
despojos de muebles viejos.
Yo estaba allí, tendida, con los ojos abiertos. Sosteniendo mi apuesta, como si fuera el último día de mi
historia,
¡¡Siempre estará aquí, junto a la niebla !! Andando el triste sendero de la ultima hoja demorada.
¿Quieres saber quien te llama ?? El que vino a vivir, en una sola vida, la comunión de la vida y de la muerte.
¡¡Pobre cara labrada por los colmillos de la fiera a solas!!
Pero por mas que sume , al éxodo de las estrellas, la mutilación de faunas y bosques, buscando la salida por las puertas del perdón… Por mas que rece, se santifique, comulgue a ciegas, confesando su salto mortal ante el costado abierto por la misma condena.-
No hay hoy sin mañana, ni ayer sin hoy, ni mañana sin pasado. El Universo es la consumación de los días
vividos y los días sin vivir, sin conceder tregua, sin forzar la cerradura del maleficio que se quiebra…

Fue en ese preciso momento,en que el hombre se enfrentó a la idea de la existencia, percibiendo su propia
vida segmentada por los terroríficos objetos que lo rodeaban. Su mente puso al descubierto la carga tragica
y el incierto destino de la condición humana, con el horror que develan los niveles menos explorados del
alma.
Un acceso de demencia sádica , recrea el final sorprendente y estremecedor, cuya intemperancia
desenfrenada recae en la virtud, literalmente horripilante, que lo conduce al infierno vistiendo el ropaje del
verdugo que mata mejor.

Pero el Ángel marco su senda, y anda por donde quiere ir, diseminando huellas y adn, esparciendo rastros
por acá… y por allí.
En todo lo que recorra, Habrá un Ave María, un Padre Nuestro, un dolor redoblado en el esofago, y un
nombre… el nombre del Ángel, que abrirá sus alas, y echará a volar.

VENIR DE LA GRANJA

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“Era la tarde y la hora
en que el sol la creta dora…”

Era la tarde. El poniente reflejaba su luz dorada esparciéndose en rayos como vertientes, que iluminaban el monte, destacando el verde salpicado de marrón contrastando con el blanco manchado de las vacas, corderos y algunas ovejas.
Sí, la tarde se estaba poniendo en el extenso horizonte de esa parte del monte correntino y mostraba los colores de la tierra, en el instante en que se entremezclaba con los del cielo en una formidable explosión ardiente.
Rocío Pereyra arremangó su camisa, vieja y deslucida, y comenzó a cerrar las trancas de los establos donde Horacio había guardado a los animales.
Primero el portón alto y ancho de las vacas , apenitas al lado, el de los terneros ;después el otro, mas delgado y fragil, que encerraba a las ovejas; ( a las ovejas solo había que marcarles un límite visual, que podía ser de madera o de alambre o hasta de hilo, porque ellas veían el cerco y se quedaban tranquilas, pasteando ). Por último cercar a los cerdos, que venían a su llamado, sumisos y amables, y cerrar el gallinero con la traba, no vaya a ser que se levantara un viento fuerte y la soltara,, porque las aves, enloquecidas por el incidente, se desparramarían por toda la granja y ¡andá a agarrarlas!
Rocío Pereyra era una linda mujer, o porlo menos lo había sido antes que los cuatro embarazos le aspiraran el calcio del cuerpo y se quedara sin dientes. Entonces su rostro blanco, de pómulos redondeados y labios carnosos se afinó y se retrajo, undiendo apenas el contorno de la boca, disminuyendo su descarada sensualidad.
Igual conservaba su apariencia atractiva en su metro setenta de altura, en su delgada cintura y sus caderas proporcionadas. Y, por sobre todo, en el desparpajo de sus ojos grices, aleteando siempre detrás de la mirada desafiante, casi altiva.

Cuando entró a la casa, Horacio, ya estaba tomando mate y comiendose los bicochitos de anís que había horneado ella, temprano.

-Y… ¿que decidiste?- dijo, con tono despreocupado.
No sé- contestó Rocío, quedamente, sabiendo que esa respuesta lo molestaría-no quiero dejarte solo, yo….
Se calló lo del mal presentimiento, lo de la bruma roja esparciéndose a medida que el tren se alejaba y lo envolvía a él hasta asficciarlo, Ella lo veía, retorciéndose, con el brazo levantado, aún, en ademán de despedida . Quería gritar, pero se quedaba callada, un ferreo nudo le deshabitaba de sonidos la garganta

– No seas tonta-exclamó Horacio, volviéndola a la realidad-te dije que estaba todo bien, yo me arreglo.. Vos necesitas relajarte un poco, salir de esta inercia, aunque sea solo por cinco días. Te va a hacer bien y a los chicos también-siguió argumentando, el, con denodadas ínfulas.
Se dejó convencer porque tenía tantas ganas de ir a Bs As, de ver a su mamá, a sus hermanas, a sus amigas, tías, sobrinas… en fin, tenía ganas de zafar, por unos días, del campo y la lejanía y la soledad y los animales.
Le dijo que sí, que mañana a la tarde, en el tren de las cuatro se iría y que igual cargara el celu, porque ella lo llamaría del teléfono de Marita, su hermana, ni bien llegar… o de un locutorio, pero lo llamaría.
Al otro día, A las tres y cuarenta y cinco de la tarde Rocío esperaba el arribo del tren, sentada en un banco de la estación del ferrocarril, junto a sus tres hijos (que no eran hijos de Horacio), Isabel, de 13 años, una señorita ya, Guille, de nueve y Estelita de seis. El, la estaba acompañando, para llevar los bolsos y decirle adiós con la mano, apenas el tren arrancara.
Y apenas el tren arrancó y vió su mano flameando por ensima de su cabeza y de sus rasgos tan concidos y tan queridos, a Rocío se le hizo el nudo en la garganta y se le cortó la respiración. Igual le devolvió el saludo. Después entró al vagón, buscó su asiento por el número y se volcó en el, atribulada y nerviosa.
De todas formas, durante el viaje, no halló ni un solo instante vacío como para darle rienda suelta a sus cavilaciones, así que arribó a Bs. As. con la mente dispersa y la atención puesta en los chicos (que eran de terror por lo inquietos) y por otra parte, la alegría de ver a Mery, su mamá y a Marita, su hermana, la del medio, que la estaban esperando en la terminal de Retiro,
la sacó de su ostracismo y le devolvió, un poco, el ritmo estrafalario y movedizo que la caracterizaba.

Charlaron a morir esa noche. Después de comunicarse con Horacio y saber que estaba bien, que había puesto las trancas y había comido la tarta y los bizcochitos que ella le dejó preparados, sobre la mesada, cubiertos con paños de hilo grueso para que no se posen las moscas; se distendió y se dedicó a recuperar el tiempo perdido, en noticias y chismes y comentarios de tres años a esta parte. ¡Tres años hacía que se había ido a radicar a Corrientes !
¡Como pasa el tiempo! Y sí, Rocío tomo conciencia de sus treinta y nueve años y se quiso morir… ja, ja, ja…. reían con Marita y Olga, su sobrina, la hija mayor de su otra hermana, que había venido a lo de Mery a verla a ella ¡Mi amor! ¡Cuánto tiempo !! Vos, ya con un hijo !
Festejaron el encuentro. Alguién propuso salir , ir de gira… “Dale. tia, no seas ortiba, vamos … ” Su antiguo yo se interpuso y apenas salieron a la calle rostros conocidos se le vinieron ensima como mascaritas furtivas de algun carnaval perseguido por la alegría.
Perseguido, sí, porque la alegría la perseguía a cada instante, como si no lograse atraparla del todo. Una sombra confusa se le instalaba en el medio del pecho, y de pronto todo era zozobra e inestabilidad .
Por eso, cuando recibió el llamado, el mundo se le vino abajo, tal y como lo había estado esperando. Igual que se quiebra una copa de cristal, se cortaron los nudos y se soltaron, de golpe, todas las puntadas que sostenian los pliegues de su destino al amparo de los tranquilos rayos de sol de la granja.
Horacio estaba muerto.
No fue una estampida de las vacas, no fue una tormenta que espantó a las gallinas, ni los mansos cerdos pisoteando su cara, ni la indolente lluvia golpeando las paredes de su reino perdido y anegando de tercas cenizas sus rosas florecidas. Fue un disparo certero que desgarró la luz del universo en un rayo ardiente, sonoro como un trueno, y volcó sobre la tierra las huellas del castigo.
Fueron las vagas polleras de la vecina, la artera deslealtad, hiriente y ofensiva, y el infierno avanzando entre la lucidez y las tinieblas hacia la expiación sagrada de todas las miserias y todas las mentiras.

FIN

“Era la tarde y la hora
en que el sol la creta dora…”

Era la tarde. El poniente reflejaba su luz dorada esparciéndose en rayos como vertientes, que iluminaban el monte, destacando el verde salpicado de marrón contrastando con el blanco manchado de las vacas, corderos y algunas ovejas.
Sí, la tarde se estaba poniendo en el extenso horizonte de esa parte del monte correntino y mostraba los colores de la tierra, en el instante en que se entremezclaba con los del cielo en una formidable explosión ardiente.
Rocío Pereyra arremangó su camisa, vieja y deslucida, y comenzó a cerrar las trancas de los establos donde Horacio había guardado a los animales.
Primero el portón alto y ancho de las vacas , apenitas al lado, el de los terneros ;después el otro, mas delgado y fragil, que encerraba a las ovejas; ( a las ovejas solo había que marcarles un límite visual, que podía ser de madera o de alambre o hasta de hilo, porque ellas veían el cerco y se quedaban tranquilas, pasteando ). Por último cercar a los cerdos, que venían a su llamado, sumisos y amables, y cerrar el gallinero con la traba, no vaya a ser que se levantara un viento fuerte y la soltara,, porque las aves, enloquecidas por el incidente, se desparramarían por toda la granja y ¡andá a agarrarlas!
Rocío Pereyra era una linda mujer, o porlo menos lo había sido antes que los cuatro embarazos le aspiraran el calcio del cuerpo y se quedara sin dientes. Entonces su rostro blanco, de pómulos redondeados y labios carnosos se afinó y se retrajo, undiendo apenas el contorno de la boca, disminuyendo su descarada sensualidad.
Igual conservaba su apariencia atractiva en su metro setenta de altura, en su delgada cintura y sus caderas proporcionadas. Y, por sobre todo, en el desparpajo de sus ojos grices, aleteando siempre detrás de la mirada desafiante, casi altiva.

Cuando entró a la casa, Horacio, ya estaba tomando mate y comiendose los bicochitos de anís que había horneado ella, temprano.

-Y… ¿que decidiste?- dijo, con tono despreocupado.
No sé- contestó Rocío, quedamente, sabiendo que esa respuesta lo molestaría-no quiero dejarte solo, yo….
Se calló lo del mal presentimiento, lo de la bruma roja esparciéndose a medida que el tren se alejaba y lo envolvía a él hasta asficciarlo, Ella lo veía, retorciéndose, con el brazo levantado, aún, en ademán de despedida . Quería gritar, pero se quedaba callada, un ferreo nudo le deshabitaba de sonidos la garganta

– No seas tonta-exclamó Horacio, volviéndola a la realidad-te dije que estaba todo bien, yo me arreglo.. Vos necesitas relajarte un poco, salir de esta inercia, aunque sea solo por cinco días. Te va a hacer bien y a los chicos también-siguió argumentando, el, con denodadas ínfulas.
Se dejó convencer porque tenía tantas ganas de ir a Bs As, de ver a su mamá, a sus hermanas, a sus amigas, tías, sobrinas… en fin, tenía ganas de zafar, por unos días, del campo y la lejanía y la soledad y los animales.
Le dijo que sí, que mañana a la tarde, en el tren de las cuatro se iría y que igual cargara el celu, porque ella lo llamaría del teléfono de Marita, su hermana, ni bien llegar… o de un locutorio, pero lo llamaría.
Al otro día, A las tres y cuarenta y cinco de la tarde Rocío esperaba el arribo del tren, sentada en un banco de la estación del ferrocarril, junto a sus tres hijos (que no eran hijos de Horacio), Isabel, de 13 años, una señorita ya, Guille, de nueve y Estelita de seis. El, la estaba acompañando, para llevar los bolsos y decirle adiós con la mano, apenas el tren arrancara.
Y apenas el tren arrancó y vió su mano flameando por ensima de su cabeza y de sus rasgos tan concidos y tan queridos, a Rocío se le hizo el nudo en la garganta y se le cortó la respiración. Igual le devolvió el saludo. Después entró al vagón, buscó su asiento por el número y se volcó en el, atribulada y nerviosa.
De todas formas, durante el viaje, no halló ni un solo instante vacío como para darle rienda suelta a sus cavilaciones, así que arribó a Bs. As. con la mente dispersa y la atención puesta en los chicos (que eran de terror por lo inquietos) y por otra parte, la alegría de ver a Mery, su mamá y a Marita, su hermana, la del medio, que la estaban esperando en la terminal de Retiro,
la sacó de su ostracismo y le devolvió, un poco, el ritmo estrafalario y movedizo que la caracterizaba.

Charlaron a morir esa noche. Después de comunicarse con Horacio y saber que estaba bien, que había puesto las trancas y había comido la tarta y los bizcochitos que ella le dejó preparados, sobre la mesada, cubiertos con paños de hilo grueso para que no se posen las moscas; se distendió y se dedicó a recuperar el tiempo perdido, en noticias y chismes y comentarios de tres años a esta parte. ¡Tres años hacía que se había ido a radicar a Corrientes !
¡Como pasa el tiempo! Y sí, Rocío tomo conciencia de sus treinta y nueve años y se quiso morir… ja, ja, ja…. reían con Marita y Olga, su sobrina, la hija mayor de su otra hermana, que había venido a lo de Mery a verla a ella ¡Mi amor! ¡Cuánto tiempo !! Vos, ya con un hijo !
Festejaron el encuentro. Alguién propuso salir , ir de gira… “Dale. tia, no seas ortiba, vamos … ” Su antiguo yo se interpuso y apenas salieron a la calle rostros conocidos se le vinieron ensima como mascaritas furtivas de algun carnaval perseguido por la alegría.
Perseguido, sí, porque la alegría la perseguía a cada instante, como si no lograse atraparla del todo. Una sombra confusa se le instalaba en el medio del pecho, y de pronto todo era zozobra e inestabilidad .
Por eso, cuando recibió el llamado, el mundo se le vino abajo, tal y como lo había estado esperando. Igual que se quiebra una copa de cristal, se cortaron los nudos y se soltaron, de golpe, todas las puntadas que sostenian los pliegues de su destino al amparo de los tranquilos rayos de sol de la granja.
Horacio estaba muerto.
No fue una estampida de las vacas, no fue una tormenta que espantó a las gallinas, ni los mansos cerdos pisoteando su cara, ni la indolente lluvia golpeando las paredes de su reino perdido y anegando de tercas cenizas sus rosas florecidas. Fue un disparo certero que desgarró la luz del universo en un rayo ardiente, sonoro como un trueno, y volcó sobre la tierra las huellas del castigo.
Fueron las vagas polleras de la vecina, la artera deslealtad, hiriente y ofensiva, y el infierno avanzando entre la lucidez y las tinieblas hacia la expiación sagrada de todas las miserias y todas las mentiras.

FIN

MANCHITA (TEXTO CORREGIDO)

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Después de caminar con tacos trece y medio sobre mullidas alfombras y después de algunos avatares de la vida, que es un camino arduo e incierto. Camino que te lleva a atravesar montañas y mesetas, lagunas y ríos increíbles, y andanzas que tu imaginación nunca pudo sospechar., ahí estaba, inopinadamente. Estibando cajones con plantas, formando un arpegio de colores en la vereda del amplio tinglado, haciéndome cargo de macetas, y tierra, y plantas…
Era marzo o abril, de un año cualquiera. Nuestra gata, Mosina, había muerto atropellada por algún vehículo, y yacía enterrada a los pies de una lagistroemia a la que, los maltratos de la gente, convirtió en arbusto. Arbusto verde y florecido, a pesar de los golpes del destino. ,
Es lastimoso reparar en el triste vacío que logra instalar en el ánimo, la ausencia de una mascota, Añoraba su tenue ronroneo cuando se enroscaba en el mostrador, al abrigo de la pila de diarios, muy cerca mio. Sentía una extraña soledad. Ya no había quien escuchara con atención mis calladas protestas, ni quien compartiera mis travesuras con mohín de complicidad.
Por si esto fuera poco, en el presagio de mi panorama del futuro, me veía compartiendo con ella mi vejez y mis ñañas. Comprendí que debía llenar ese hueco emocional que la muerte accidental , me infligía, nuevamente, con saña mordaz.
Pasado un tiempo en el que deliré con rastros de ratas, comederos vacíos y añoranzas felinas, se apareció en el negocio una mujer menuda. Montaba una bicicleta antigua, con doble posición de canasto, demasiado grande para su pequeña figura, y exhibía el mote de miembro de la “Sociedad Protectora de Animales” . Aduciendo la existencia de dos gatitas, hermanas ellas, que habían hallado en un potrero, trepadas a un árbol, asustadas por los perros. (Una amiga solidaria, las albergó, a pesar de las cuatro que ya tenía adoptadas) – pregunto:.
– Ya que usted quiere tener una gata, ¿ no querría quedarse con las dos ? –
Y allí vinieron… Negrita (toda negra, ni una mancha blanca… toda, toda negra) – Atrevida, comunicativa, osada y muy independiente. Para ella todo estaba bien !!!
Y … Manchita… tímida, al principio… bastante miedosa. ¿Porque Manchita ?? Por sus colores. Su pelaje poseía un fondo marrón chocolate con leche, salpicado de manchas que iban del cobre al dorado, pasando por el amarillo y el blanco.
Fusionados y compenetrados por la verborragia de Celina, (tal era el nombre de la mujer menuda),  las llevamos a castrar.
A la mañana temprano las trasladamos, en la jaulita para animalitos, que nos prestó Estela (la tana) una clienta y amiga, encaramados en nuestro ciclomotor, debajo de una tenue llovizna.
Las castraron, las cuidamos, y vivíamos felices con “Negrita”, la independiente” y “Manchita” la tímida y miedosa, ya adaptada al vivero… y a nosotros.
Pasó un tiempo, no recuerdo cuanto, tal vez un par de años. Negrita era de terror…. no le temía a nada y su libreta de amistades reunía a todo el barrio gatuno… y a algunos visitantes más.
De tan intrépida, un día apareció, también atropellada…. en realidad, era una calle con mucho tránsito !!! Si la lloré ? ¡Como no ? Tres gatas y una perra enterramos en el jardín de nuestro negocio !!!
Quedó Manchita, buscando a su hermana por unos días… después, creo yo, se olvidó.
Manchita ya se había transformado en alguien importante y el vivero era su hogar. Su lugar, Su casa. Su habitáculo….
Poco tiempo después recogimos unos gatitos que abandonaron cerca … A Manchi, no le gustó.
Lo peor fue, cuando una gata fea y chillona que nos dejaron un domingo, pleno enero. Nosotros vacacionando en la quinta de Carmen y ella a los gritos, porque tenía hambre.
La adoptamos y, culpa nuestra que no la castramos, al poco tiempo tuvo cinco cachorritos que, ¡maldito destino! entró un perro y se los mató. No lo podíamos creer (ella tampoco).
Mientras estuvieron los gatitos, Manchita desapareció. Se la pasaba en el centro del lote, donde convergían los fondos de las casas y donde se reunían los gatos del barrio. Silvia, una vecina, por supuesto ¡amante de los gatos! al notar su autodestierro , agregó un plato con alimento en su patio.
Pasó un tiempo y la ¡pobre berta! volvió a tener cachorros.
Increíble !! lo que hacía esa gata con sus hijos, rememorando aquella matanza (y después dicen que los animales no tienen memoria). Obcesivamente, metía a sus cachorros dentro de los grandes masetones de barro o de cemento, se daba cuenta que hasta allí no podría llegar ningún animal asesino, ya que elegía los de boca angosta y cuello alto.
La inteligencia y la personalidad de los gatos es increíble.
Un tiempo después, Manchita, ofendida, se fue a vivir con un vecino, con el cual, evidentemente….disfrutaron de un amor mutuo y consistente.
Al poco tiempo Berta desapareció y Manchita comenzó a hacer breves incursiones al vivero… especialmente cuando yo estaba sola.
Era como que, conmigo, todo estaba bien…. mientras no trajera a nadie… todo estaba bien.
Venía y me hacía arrumacos. Venía, aparecía y se acercaba, incluso, ya, esté quien esté.
Regaba su potestad por todo el recinto, embebiendo el negocio de …¡olor a Manchita!
Hasta que, una tarde (y este fue el fina)… habíamos estado juntas todo el día. A la tarde llegó Ariel y nos pusimos a charlar detrás del mostrador. Ella, que estaba sobre la estantería del frente, se acercó, subió al mostrador y, ante la mirada asombrada de Ariel y mía, me marcó como a su territorio. Me meó el hombro y su pis resbaló por mi brazo y cayó al suelo, llenando de furia a mi marido que, inmediatamente, la hecho.
Manchita…. o Aurora, como la llama el vecino, no volvió a mi negocio. . se pasa los días durmiendo en el jardín del vecino, esperando que el vuelva del trabajo, para ronronearle y entrar a la casa.

A pesar de ser adictos a los gatos… el único que entra a la casa es… Manchita.

RELATOS BREVES – ELECTRICIDAD

wp-electricidadFrancisco Bonardo se despertó temprano , esa mañana de sábado, en pleno verano.  Como no le gustaba remolonear en la cama se levantó, se calzó los frescos bermudas azules que le llegaban hasta el borde de las rodillas, se afeitó, como hacía todos los días. Refrescó su cara con Old Spice, dándose suaves golpecitos en las mejillas y en la papada. y luego se aplicó una crema humectante.
El próximo paso era tomarse unos mates, mate amargo al que le agregaba una pizca de café lo que lo hacía mas sabroso. Mientras se calentaba el agua de la pava, miró por la ventana.Desde La ventana de la cocina, que se extendía a lo largo de la mesada de mármol, se podía apreciar casi todo el jardín. El chalet estaba emplazado sobre la medianera sudoeste y las ventanas y ventanales que la iluminaban profusamente, miraban al noreste. Contempló los azules,, rojos y fuccias de las petunias que adornaban los canteros. El jazmín chino desbordaba de flores blancas cuyo perfume se entremezclaba con el de los rosales y penetraba por las ventanas abiertas llenando de un particular y agradable aroma toda la casa.. Se dijo que esa tarde, al regresar del negocio, se dedicaría a cortar el césped. -Ya estaba desprolijo.
Francisco tenía un comercio de venta de artículos de electricidad. El local estaba ubicado a una pocas cuadras de su casa, en la zona comercial, frente a la estación del ferrocarril y en los últimos años le había ido bien. Gracias a su esfuerzo y dedicación pudo comprar la propiedad, que antes alquilaba, cambiar el auto y remodelar la casa.
A las siete y cuarenta y cinco ya estaba operando el moderno sistema automático que levantaba la persiana metálica, tornándola reforzada e inviolable, y acomodando la mercadería que había recibido la tarde anterior : enchufes, zapatas, lamparas, cables ……………………….. .
Francisco era un hombre amable y agradable al trato , y. conocía bien el rubro.;.lo conocía. de pe a pá. Recibía quincenalmente , la revista “avance eléctrico” por suscripción, mediante la cual se enteraba de todos los adelantos técnicos y científicos. Además estaban los proveedores. Siendo tan buen comprador, maniático del contado contra factura y enemigo acerrimo de las deudas, lo ponían en onda con todo. Francisco sabía que, cuando y donde comprar. Por eso tenía la virtud de asesorar a sus clientes con solicitud y conocimiento, virtud que todos reconocían y respetaban. .

Otra de sus virtudes era el horario. A las ocho menos cinco de la mañana “Electricidad bonardo ” ,exhibía, indefectiblemente, el cartelito de “abierto”. Pero a las doce y treinta del mediodía, indefectiblemente, lo volcaba a “cerrado”.

Entonces, era normal que a las 13 horas, Francisco y su mujer, Aurora; a pesar del verano, a pesar del calor, disfrutaran del almuerzo, compuesto por ensaladas variadas y frescas y frutas de estación e incluso gelatina de postre. (la gelatina alimenta y ayuda a digerir – planteaba Aurora). Era normal que,
después de almorzar, descanzara un par de horas. Hacía demaciado calor y debía esperar que baje un poco el sol para trajinar en el jardín con la máquina de cortar pasto..
A las seis de la tarde sacó la Huber eléctrica del galponcito; conectó el cable prolongador por un extremo y por el otro extremo al enchufe del comedor, como hacía siempre,. porque de ese modo se extendía hacia atrás, y el no tenía que andar preocupandose ni haciendo malabarismos. Pero no funciono. Era el maldito toma de embutir. ¡ Otra vez se había olvidado del maldito toma de embutir!
Se reprochó el descuido, se enojó consigo mismo, lanzó una parva de imprecaciones, todas dedicadas a su estúpida cabeza que siempre estaba en otro lado y se dirigió, con el extremo del prolongador en la mano, hacia la cocina. Lo incrutó con bronca en el toma de la heladera, después de desenchufarla, y midiendo las distancias se puso a maniobrar el aparato desde afuera hacia adentro. Como hacía siempre. Desde la entrada hacia el fondo.
Enrredaba el cable en su brazo para dirigirlo mientras iba y venía emprolijando canteros y hoyas.
Amelia, su mujer, ajena por completo al pequeño inconveniente, cebaba mate y regaba a medida que el avanzaba. Era como un ritual. Bastaba que el se pudiera a cortar el pasto para que a Amelia se le diera por regar. Pero a Francisco le encantaba lo del mate. Que Amelia se quedase unos instantes con la vasija en la mano, esperando que el se detenga.
Nunca se lo hubiese imaginado !! El, tan conocedor… tan experimentado… Estaba descalzo, disfrutando de la frescura del pasto mojado sobre sus pies .
Pero sucedió. Tomó el mate y sin parar la máquina,  soltó el cable, que se metió de lleno bajo las aspas filosas.  Se corto y saltó hacia él en el preciso momento que Amelia desenredó la manguera y el chorro de agua cayó, como un rayo del cielo, sobre Francisco y el reforzado conductor de electricidad, produciendo un chispazo que le desplazó la conciencia y lo convirtió en fuego.

RELATOS BREVES – EL FESTEJO

wp-el festejoVenía rodando por la calle. Ramon, a su lado. Disparatando veredas y balcones y auténticos paisajes Sanmiguelianos. No era una tortuga, ni una hormiga, ni un orangután. Era una simple persona feliz y embargada por la plenitud de la meta lograda.- ¿Quien soy yo ?- ¡56 años! ¿Y que tengo? – Exactamente lo que quería tener. ¿Quién tiene lo que yo tengo? ¿he? – ¿Quien tiene ? –
Esclamaba con voz alta. Siempre tuvo la particularidad de los sonidos estridentes. Su voz contenía, naturalmente, un tono normal pero elevado, al punto de ponerle, a cualquiera, los pelos de punta. Y su risa partía los tímpanos, con su rugir estrepitoso y desapasible.
Ramón a su lado. No había podido deshacerse de él, aunque se lo propuso desde el principio. Pero no, la acompaño temprano al trabajo y la esperó a que saliera a las dos de la tarde.
Ramòn era así. Y ahora, que ella estaba felíz, que iba a recibir tanto dinero y a acomodar su vida (si Dios y las circuntancias se lo permitían), no la dejaba ni asol ni a sombra.
A Cora no le molestaba que estuviera a su lado. Infinidad de veces la había librado de su ostracismo y su soledad. Le había enjugado las lágrimas con ternura y aflicción. Le había traído un té, después de arroparla en la cama, en las multiples noches de pasarse de la raya con el alcohol y la droga y caer rendida, en estado semi-inconsciente. A pesar de verduguearlo a morir. Siempre. De insultarlo, porque cuando se perdía en ese estado de embriaguéz, era “Mas te quiero, mas te apaleo” . Y esa tarde habían delirado juntos, por su alegría, queriendo comunicar su “albricias”·… “soy felíz”,… aunque los dos supieran que eran mentiras. Que ni te quiero, ni soy felíz, ni albricias.
Pero Cora no soportaba estar sola. No quería más que todos supieran que estaba sola y que no le gustaba estar sola. Que todos supieran que sufría la soledad como un martirio, pero que a nadie le importara. Mejor que se envenenaran pensando que ella estaba bien. Que Ramón la acompañaba. y la aceptaba tal cual era y no que la quería cambiar, como todos los demás, que para quererla y estar con ella, pretendían que ella fuese como ellos querían que fuese… ¿entendés vos ???
Su ex-marido, sus hijos, sus hermanos, sus cuñadas, hasta Liia, su amiga del alma y Roque, su amigo de Ituzaingó. El que se fué a Europa porque acá no tenía futuro… y allá tampoco, pero no importa, porque estando allá nadie lo vé romperse el lomo por pocos pesos. Y pasarla mal para ahorrar euro sobre euro, y una vez al año, acomodar la pila y traerselos de incógnito a mamá, para que siga cuidando a los chicos. ¡Ellos no tenían la culpa! Su mujer enferma, ida de la cabeza por culpa de las drogas…. pero los chicos ¡no tenían la culpa!- solía decir Roque. Y estaba convencido de eso.
La cuestión es que después de mucho pelear y bambolearse, y trinar de bronca y susurrar de sociego, de tanto idas y vueltas- ¡Que vendé la casa!- ¡Que no la vendo! … la había vendido !- Gracias a Guillermo, sin duda, que había tomado las riendas del asunto. Es decir, que había tomado el toro de Clara por las astas, lo había seducido… y había vendido la casa.
La casa era un chalet hermoso y cómodo, emplazado sobre dos lotes, en una esquina del barrio Cavernet, ubicado , geográficamente, en la zona más copetuda de la localiad de El Libertador. Se completaba de tres habitaciones, tres baños, un livingcomedor enorme, cocina, comedor diario, y un escritorio amplio y armónico..
Por fuera, el parque, adornado por importantes masetones estilo colonial, donde se destacaba el quincho, de grandes dimenciones, con parrilla mecanica, techo de tejas, luces, bacha y canillas para enceres. Estilo mas bien rústico, re-comodidad…
Al margen, la pileta de material, casi olímpica, que solo Cora sabía (o por lo menos tenía conciencia) lo caro que era mantenerla.
Y así las coas, habian vendido la casa, que era de los dos, de ella y de Guillermo y ella (bha! ella no, Guillermo) había comprado un departamento, que: ¡albricias!!
la escritura decía: …”a nombre de :Cora Rodriguez”… y eso bastó.
Se le omnubiló la vista y la razón y después podía venir el fin del mundo que no le importaba. No le importaba nada. Eso era el fin… y el principio. ¿Como? Sí, era el fin y el principio.
Ese fin y ese principio eran muy dolorosos. Le dolía la cintura, los brasos y el mentón. El cuello y la espalda estaban invadidos por la erupción alérgica crónica nerviosa, q ue desde toda la vida le había complicao la existencia… Ni el Santo la pudo curar el todo, a pesar de la congregación que la apoyó con misas y novenas a la virgen María y a Jesús.
Y ahora se encontraba, en plena calle de la ciudad, bastante borracha, acompañada, únicamente por Ramón. Y Ramón estaba como ella ya sabía que iba a estar. Después de consumir un piquito de droga, Ramón no existía. En realiad, ojalá no existiera, pero no, era insoportable. Sus manos se desquiciaban y sus brazos alargados abarcaban el horizonte, como queriendo mostrar todo lo que para el , en realida, existía. Y en esa posición de Santo o de mesías barboteaba frases incoherentes. Ideas que nadie comprendía (menos ella, ¿que me venis a decir,? estúpido. )
Quiso desaparecer, quiso undirse en el centro del asfalto . Pero no…. todavía tenía alternativas.
A pesar de su edad, a pesar de la tristeza y del dolor. A pesar de su orgullo herido… Porque en definitiva era su orgullo, el que hería todos los dias y a cada rato, ella misma; tenía una alternativa.
Carla, arrodillada en la vereda, en pleno centro de la ciudad, se rescató un instante.. Metió la mano en la cartera y buscó el celular. Estaba allí, en el fondo del bolso marrón de cuero que le había regalado suhjija Alba, para su último cumpleaños. Lo tomó con manos temblorosas y ojos borrosos, y buscó una dirección almacenada en él. Su hermano, Ariel, aparecía en el directorio como una brillante estrella en el firmamento de su vida. Pulsó la tecla. Escuchó el sonido de la llamada yt la voz, angelical, amorosa, soñada y querida de su hermano.
Cora solo dijo – Por favor- estoy mal. me venís a buscar.