YO TE CONTEMPLO…

 

 

 

 

 

Yo te contemplo, amigo mio.
Desde mis labios húmedos de ternura
Y desde mi vejez anticipada. Yo te contemplo,
el corazón dormido en las estrellas,
y la memoria sin luz de tu nostalgia.
Y tu adultez, amigo mío,
que renuncia al asombro de la adolescencia,
Por tus cienes de hombre que no amparan
la sonrisa de tu, a veces, niño,
en los lugares donde tu juventud
se quedó anclada.

Pero tu realidad de siempre es el ascenso
de tu virilidad acostumbrada,
y del frío error que cometiste
cuando empezaste a caminar y yo no estaba.

Yo te contemplo, amigo mío, y me entristeztesco
de todas las palabras
con que he llegado a tu lugar del alma
donde estuvo tu sombra entre mis lágrimas.

Yo te contemplo, amigo mío,
y te rescato,
ante tu propia soledad empecinada.
En el silencio ionfantil con que disfrazas
tu infelicidad, frustrada por la calma.
Cuando pudiste subir como un cometa
sin verter las raíces que te atan,
ni desterrar la algarabía de tus alas.

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PERSPECTIVA

Entonces,

cuando, acaso,

de tanto querer perpetuarte

en el Universo y el vino,

sin mas distancias que las de tus manos

ni mas agonia

que el deshojar lento de tus pasos,

recorras el último silencio de la calle

en árbol y en llovizna,

desnudo d memorias y de búsquedas,

te habrás perdido, para siempre,

en la vital negrura de los días.

VISIONES DE CIUDAD II

La lluvia cae,
como arañando a la vida,
desde sus ruidos a botellas y a mercado.

Una mujer pasa, del brazo de la primavera.
Yo soy espuma y me derrito
al contacto del agua.

La lluvia cae, llora.
El asfalto blando la contiene
en su rueda giratoria
de coches sobre la calle.

Un niño pasa con su delantal blanco.
Otro niño, a su lado,
deja correr la lluvia por su carita pálida,
y chapotea en la acera
con los pies descalzos.

La lluvia cae.
¡Oye, niño! … la lluvia,
también tiene hambre

ATADA AL PASADO

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No me esperes,

sentado en el tibio remanso de tus días.
Ahuyenta de mí tu mirada,
y vuelve a confundirte
con la mudez de un lenguaje
que yo, ya he perdido para siempre.

Atada al pasado
estoy,
sin existencia.
Los veloces caminos del tiempo
me acomodan un sitio
en parajes desvelados.
Yo voy,
detrás del viento,
sumida en nostalgias de voces antiguas
y de figuras de las que, aún,
no he podido deshacerme.

Ni yo misma comprendo la distancia.
Todas las tinieblas que me anidan
tienen
la misma forma de silencios.

¿PORQUE?…

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Estoy aquí,
con el hueco de mis treinta sueños
encarpetados,
en pleno centro de la Avenida Corrientes.

La Avenida parece cortarse.
La salida de los cines,
dispersa su languidez
hacia las innumerables pizzerías,
husmeando el aire
con su olor a bebidas gaseosas
y a filosofía gastada
apostada en la mesa de un Café.

Alguien torna del mundo del Apocalipsis
una sotana aceitosa
y un par de sandalias misioneras.
Una figura cae,
con un tiro abrochado en la cabeza.
Una voz se arrodilla
y pregunta “¿Porqué?”.

La noche apaga su fiesta de estrellas.

DORMIR

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Dormir…ahogarse en las tinieblas.
Huir de la tristeza de los otros.
Dormir… miseria altiva.
Mundo desigual que ampara al ciego.
Dormir es no vivir… sueño profundo de la muerte.
Ahondarse en las penumbras inconscientes.
Asesinar al tiempo.

Transeúnte
de la obligada senda de la vida;
dormir es detenerse. Es no reconocerse.
Porque al dormir, se duerme la impaciencia,
se duerme la ambición, se duerme el miedo.
Borracho de sueño, la horas ya no alcanzan.
Se caen a un costado las voces que reclaman,
la agilidad despierta,
del joven, del rebelde,
del promotor de causas.

Dormir es olvidar. Dormir y abandonar.
Dormir es deshojar los pétalos de vida.
Dormir… dormir, mientras el mundo gira,
palpita, se levanta, se enreda,
se hace trizas…
y vuelve a revivir.

El sueño va estancando las aguas de conciencia,
y el pensamiento atrofia,
en mórbidas penumbras.

Dormir es ir perdiendo,

el cuerpo y el espíritu,

en somnolientas ondas.

YA NO ANHELARE….

Ya no anhelaré las rojas avenidas,
ni el pulso de la calle,
ni el nombre, vacío de miradas y cansancios,
de rostros y lugares,
en cuyo eje,
un julio ya olvidado
nos sostuvo.

Ya no querré empuñar los confines cenicientos,
ni el tono acongojado de la última acera,
donde
el gris de cualquier parte,
nos iba diluyendo las ausencias.