SUPERVIVENCIA

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Todo, en silencio, dentro de mi se mueve.
Mil recuerdos, un dolor, una esperanza,
tres rencores, una lágrima de nieve.
Y, en el constante penar, llega y se afianza,

esta certeza, que siempre me promueve
al delirio de que todo ya no alcanza,
y que algo, es nada más que cuatro o nueve.
Es imposible ceder. Duerme o se cansa.

Camina, se angustia, muere o permanece.
Sentido, calmo, desmemoriado, abyecto.
Como fruto irreal, fin o proyecto,

detiene, un día, su alma, el gran sujeto,
ante la flor blanca que, leal, florece;
ante el débil manto negro que perece.

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LA VERTIENTE

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Se quedan en los pliegues de mi cara
el alba y el agosto detenidos,
por todo el Universo, contenidos,
consciente, solo huésped de la calma.

Pero ingresan, rotundos, a mi alma,
los proyectos otrora desteñidos,
y los reflejos del aura, tan temidos,
se bifurcan en voces que me llaman.

Es la vertiente. El pálido fantasma.
Incorpórea figura de la mente
que ilesa, vegetal y raudamente,

aún con el sonido del ausente,
va a recorrer los valles y los puentes,
cantando, con el fuego y con la llama.

TANTO ESPERAR…

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Tanto esperar tu sombra anochecida,

junto a las rosas del primer instante,

cuando torpe, quizás , o enternecida,

no dudé mi cuerpo en entregarte.

 

Tanto esperar, amor, tu sombra erguida,

vengo a morir y muero de esperarte.

Que viene a ser la espera mi agonía

y la muerte, este modo de adorarte.

 

Tengo surcos de penas en mi cara.

¡Extranjero de mí ! ¡Luz extraña!

Espejo en cuya luna me mirara.

 

Una selva de sombras, una montaña,

de sangre, piel y huesos, nos separa

y diluye mi espera en la mañana.

PARA OLVIDARTE…

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Para olvidar tu nombre bastaba con un grito

que fuera como el rayo a quebrarme la voz.

Un gesto que cayera, borrascoso, imprevisto

y hundiera en el quebranto mi pecado de amor.

 

Para olvidar tu cuerpo bastaba lo fortuito.

Pero la tarde puso mi verso en tu camino,

y desde entonces vago, en loco remolino,

por tu perfil altivo, que escalo con mi rito.

 

Para olvidar tu beso bastaba con la muerte.

-morir hubiese sido un lento olvido frío-

Para olvidar tu aliento sobraban los sonidos.

 

Para olvidar tu paso, bastaba con no verte;

para arrojar al verso: la fiebre y el vacío.

Para dejar de amarte… bastaba un alarido.

¡OH CORAZÓN!

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Oh Corazón! Cuanto lamento,

el tiempo y la edad que te sustenta.

Es el espacio un ínfimo segmento.
Territorio de amor., Libre de afrentas.

¡Oh Corazón! Que en la falaz y cruenta,
despensa de la vida, amor intento.
Eres razón que a la razón alientas,
hilvanando ficción y descontento.

Sé que el sitio final no se enamora,
del incontable invento de las horas.
Mas, crece en mí, cuando adivino,

la urgencia del amor en mi camino.
Amor que quema el cuerpo y lo devora.
Espacio sideral. Siempre a deshoras.

LA DIMENSIÓN DE MI DESIERTO

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La multitud está y me desconoce;
alrededor de mí, callada y ciega,
como el ala que al trino se le niega,
me aparta toda luz y todo roce.

Tallo de olvido, el rostro, en esa pose,
cuando florece el cántaro que riega,
envidioso de luz corre y lo anega;
-desvanece el encanto al dar las doce-

Fiera de amor, de pena amanecida,
en esta dimensión de mi desierto,
viene a caer el alma entristecida.

Y, en esta soledad, hoy me despierto,
con mi pasión de ayer restablecida
y la versión del sol que he descubierto.

LA MUERTE YA, CASI NO IMPORTA

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Y, de pronto, en la gris y absorta
tarde de julio, incontenida,
vuelvo al silencio que me anida,
vuelvo a la espera que soporta;

la lluvia leve, que transporta,
en breve, palpitante herida,
resume, así, toda mi vida:
LA MUERTA, YA, CASI NO IMPORTA.

Pues ¿qué más tengo o qué tuviera?
¡Mi Dios! Sino esta sola, inerte,
sombra de calle que yo erijo.

Que va, que viene o que viniera,
cual claro juego de la suerte,
en pos de un río desprolijo